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Autoridad positiva: ¿Cómo lo consigo?

En algún momento del crecimiento de nuestros hijos, todos los padres y madres nos hemos parado a reflexionar sobre “cómo ser el mejor padre o madre del mundo” y de forma instintiva, nos hemos hecho esta pregunta: ¿Cómo consigo tener autoridad con mis hijos de una forma sana y sin miedo y sumisión?

Tener autoridad, que no autoritarismo, es básico para la educación de nuestros hijos. Debemos marcar límites y objetivos claros que le permitan diferenciar qué está permitido en nuestra familia y qué no lo está, pero uno de los errores más frecuentes de padres y madres es excederse en la tolerancia. Y entonces empiezan los problemas. Hay que llegar a un equilibrio, y en la búsqueda de ese punto intermedio es donde está la virtud…¿cómo conseguir esa autoridad?

Muchos son los errores que, frecuentemente, cometemos los padres y madres cuando interaccionamos con nuestros hijos…pero…no te preocupes por ello, no eres un desastre ni un ogro ni el malo de la película, como algunas veces nos sentimos. El ser padre o madre es un proceso que se va aprendiendo según van creciendo los hijos, aprendemos según nos vamos exponiendo a las situaciones nuevas que nuestros hijos nos muestran.

Cometer errores es lo normal en cualquier persona que intenta educar todos los días. Un aspecto muy importante a la hora de educar y lo que más deja huella en los hijos, no es lo que se hace alguna vez, sino lo que se hace continuamente. Lo importante es que, tras un periodo de reflexión, los padres consideren, en cada caso, las actuaciones que pueden ser más negativas para la educación de sus hijos, y traten de cambiarlo no volviendo a repetirlo.

Los principales errores que debilitan y disminuyen la autoridad de los padres y madres son:

La permisividad: el educar y transmitir valores a nuestros hijos no consiste en “no intervenir y dejar hacer”. Los adultos somos los que hemos de decirle lo que esperamos de él o lo que no, lo que sí está permitido y aquello que no permitimos en nuestra familia. Los niños necesitan referentes y límites para crecer seguros y felices.

Ceder después de decir no: la primera regla de oro a respetar es la del no, el no es innegociable. Es el error más frecuente y que más daño hace a los niños. Cuando vayas a decir no a tu hijo, piénsalo bien y después traslademos la decisión a nuestro hijo, explicando con total tranquilidad “porqué en esta ocasión es no”. No se nos debe olvidar que, muchos peques están muy entrenados en esta estrategia y mediante ojitos tristes, pucheros, insistencia…intentan conseguir lo que desean.

El autoritarismo: es el otro extremo de la permisividad. El autoritarismo sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no es una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino hacer una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo lo que dice el adulto. Es tan negativo para la educación como la permisividad.

Falta de coherencia: ya hemos dicho que los niños han de tener dentro de una misma línea ante los mismos hechos. De la misma forma que es fundamental la coherencia entre el padre y la madre, entre ambos han de llegar a acuerdos y transmitir las mismas normas a los hijos.

No cumplir las promesas ni las amenazas: el niño aprende muy pronto que cuanto más promete o amenaza un padre/madre menos cumple lo que dicen. Cada promesa o amenaza no cumplida es un trocito de autoridad que se queda por el camino. Las promesas y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles de aplicar. (Un día sin tele o sin salir, es posible. Un mes es imposible).

No negociar: supone autoritarismo e incomunicación. El que un padre o una madre negocien con sus hijos, es la mayor y más potente estrategia educativa que les puede ofrecer en su infancia…favoreciendo así la comunicación, la empatía y el respeto por las opiniones diferentes.

Sin embargo, una vez que sabemos lo que hemos de evitar, algunos consejos y “trucos” sencillos pueden aligerar este problema, ofrecer un desarrollo equilibrado a los hijos y proporcionar seguridad a las personas y al hogar.

Estas orientaciones deben llevarse a la práctica de manera constante y coherente.

Las pautas que debemos seguir son las siguientes:

Tener unos objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos: es la primera condición sin la cual podemos dar muchos palos de ciego. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo de comentario, incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos y no olvidarlos. Además deben revisarse si sospechamos que los hemos olvidado o ya se han quedado desfasados por la edad del niño o las circunstancias familiares.

Enseñar con claridad cosas concretas: al niño no le vale decir “sé bueno”, “pórtate bien” o “come bien”. Estas instrucciones generales no le dicen nada. Lo que sí le vale es darle con cariño instrucciones concretas de a qué nos referimos con “portarte bien”: no gritar, ayudar a los abuelos, acostarse pronto sin protestar…explicaciones concretas y precisas sobre lo que esperamos de ellos.

Dar tiempo de aprendizaje: una vez hemos dado las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que las pone en práctica, necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales y físicas, si es necesario. Son cosas nuevas para él y requiere un tiempo y una práctica guiada.

Valorar siempre sus intentos y sus esfuerzos por mejorar: resaltando lo que hace bien y pasando por alto lo que hace mal. Pensemos que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque está en proceso de aprendizaje. Al niño, como al adulto, le encanta tener éxito y que se lo reconozcan.

Confiar en nuestro hijo: la confianza es una de las palabras clave. La autoridad positiva supone que el niño tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre no da ejemplo de confianza en el hijo.
Actuar y huir de los discursos: una vez que el niño tiene claro cual ha de ser su actuación, es contraproducente invertir el tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones tienen un valor de efectividad igual a 0. Una vez que el niño ya sabe qué ha de hacer, y no lo hace, actúe consecuentemente y aumentará su autoridad.

Reconocer los errores propios: nadie es perfecto, los padres tampoco. El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad y tranquilidad al niño/a y le anima a tomar decisiones aunque se pueda equivocar, porque los errores no son fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar. Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la familia.

Todas estas recomendaciones pueden ser muy válidas para tener autoridad positiva pero todo depende de dos factores, que sí son importantes en cualquier actuación humana, en la relación con los hijos son absolutamente imprescindibles: amor y sentido común.

El amor hace que las técnicas no conviertan la relación en algo frío, rígido e inflexible y, por lo tanto, superficial y sin valor a largo plazo. El amor supone tomar decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo, para los padres y madres y para los hijos, pero que después son valoradas de tal manera que dejan un buen sabor de boca y un bienestar interior en los hijos y en los padres.

El sentido común es lo que hace que se aplique la técnica adecuada en el momento preciso y con la intensidad apropiada, en función del niño, del adulto y de la situación en concreto.

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