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Los niños necesitan estar en contacto con la naturaleza

A lo largo del tiempo, Richard Louv (1949) ha oído, de boca de decenas de niños y niñas, sutiles variaciones de la misma idea: “Me gusta jugar dentro de casa porque es donde están todos los enchufes”. Pronunciada por un chico de nueve años, a Louv la frase se le quedó grabada.

Sintetizaba el problema al que había dedicado sus últimos treinta años: “Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos son las generaciones más desconectadas de la naturaleza de la historia”, sostiene. Escritor, periodista y divulgador, el estadounidense es una de las voces que más han aireado las consecuencias del deterioro de la relación de los humanos con la tierra, hoy más tambaleante que nunca.

Louv ha documentado los efectos negativos de esta carencia en la salud física y psíquica de niños y adultos, un fenómeno bautizado por él mismo como déficit por naturaleza. Hace casi una década, el asunto le llevó a recorrer el país para indagar en los hábitos y costumbres de 3.000 familias. Con el material compuso un fresco social que agitó conciencias y puso el debate de la desnaturalización sobre la mesa.

Los efectos negativos de este alejamiento son la merma de la creatividad, de la capacidad de asombro, de los estímulos físicos, de la facultad de aprender mediante la experiencia directa. Estos se complementan con la ausencia de los efectos positivos que tiene el contacto con el medio, de los que hay un cuerpo creciente de evidencias. Diversas investigaciones lo relacionan con una reducción de los trastornos por déficit de atención, del estrés y de la depresión. Incluso con un mejor desarrollo cognitivo. Además, lógicamente, es un importante antídoto contra la obesidad. Recuerdo que hace unos diez años había unos 20 estudios sobre el tema. Hoy hay más de 500.

Los niños que juegan libremente en el exterior desarrollan más el sentido de cooperación, la imaginación, la introspección, la reflexión. También el compañerismo y la igualdad porque la naturaleza no impone condicionantes. Los niños que se caen, que se embarran o que juegan en el campo estarán mejor capacitados para lidiar con la vida cuando crezcan.

En los colegios también es importante asegurarse de que los alumnos dispongan de un espacio verde tranquilo y cercano. Un jardín, un huerto de verduras, un lugar donde observar cómo las mariposas polinizan. Fomentar la vida silvestre en los terrenos de la escuela. Disponer también de lugares de este tipo dentro del propio centro. Parte de esto tiene que ver con la arquitectura y el uso del llamado diseño biofílico. Podemos construir aulas y pasillos entremezclados con elementos naturales, un modelo con el que se ha probado que el rendimiento escolar aumenta y disminuyen las enfermedades. Tan solo la presencia de luz natural puede elevar las tasas de éxito escolar.

Fuentes:

https://elpais.com/economia/2018/06/06/actualidad/1528296477_952422.html

 

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